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Música Clásica y ópera de Classissima

Giuseppe Verdi

domingo 19 de febrero de 2017


Cantan ellas - El Blog de Maac

14 de febrero

La traviata - Palau de les Arts - 09/02/2017

Cantan ellas - El Blog de Maac UNA TRAVIATA MÁS. En la no muy larga, pero ya no tan corta, historia del Palau de les Arts, si la memoria no me falla, Turandot y La traviata se llevan la palma, ambas han sido representadas en tres temporadas; pero, sin duda, la que debe figurar en primer lugar es La traviata puesto que lo ha sido con tres producciones distintas y con tres directores también distintos. Con unos resultados también muy desiguales. La primera Traviata, la conocida como “La traviata de los espejos” de Brockhaus se representó durante la Temporada 2009-2010 y estuvo dirigida con Lorin Maazel. Esta producción, más allá de la colocación del famoso espejo en el escenario en el que los cantantes, y también el público, se ven reflejados, no me dijo nada. En cuanto al reparto tampoco dijo mucho, quizás lo más destacable fue el material vocal, irregularmente empleado, de Vittorio Grigolo. Nunca me gustó Maazel dirigiendo Verdi durante la última etapa de su carrera, salvo en muy contadas ocasiones, como el Auto de Fe de Don Carlos. Le iban mejor compositores más expansivos, recuerdo especialmente su Butterfly y su Parsifal, de lo mejor que se ha escuchado en Les Arts. En conjunto fue una Traviata fallida.  La segunda Traviata contaba con la seguridad y eficacia a la que nos tenía acostumbrado Zubin Mehta, fue en muchos aspectos extraordinaria. Es “La traviata del reloj”, también muy famosa, que provenía del Festival de Salzburgo, visualmente atractiva y muy efectiva dramáticamente. Las funciones fueron bastante accidentadas (sustitución de Ivan Magri en el estreno por Nikolai Schukoff y, posteriormente, de Sonya Yoncheva por Jessica Nuccio y de Magri por Aquiles Machado) pero el resultado más que óptimo.  Y ahora ha llegado el turno a la tercera Traviata, la de la escalera. Desgraciadamente el atractivo mediático no estaba puesto esta vez ni en el director musical ni en los cantantes, ni siquiera en la dirección escénica de Sofia Coppola. Ahora el aliciente que nos ha querido vender el Palau de les Arts para que asistamos a este estreno ha sido la presencia de la reina Sofía, el modisto Valentino, Monica Belucci, Nati Abascal, Luis Alfonso de Borbón, Margarita Vargas, Mónica Ortiz y otra fauna. Así es como nuestro director de escena oficial e Intendente-Director artístico quiere “hacer accesible la belleza al chico del último barrio” (Livermore. Junio, 2013). No voy a extenderme más sobre este asunto porque ya se ha escrito mucho sobre él en los últimos días, no me parece una forma de predicar con el ejemplo por parte de nuestro intendente. Sofia Coppola presenta una Traviata de lo más convencional, bonita sin más, con la presencia en primer plano de una escalinata de mármol descentrada y totalmente desproporcionada para que veamos durante el Preludio lo bien que va descendiendo la cola el traje que lucirá Violetta durante el primer acto de la ópera. La escenografía, de Nathan Cowley, es del estilo de las óperas que dirigía Franco Zeffirelli pero en versión minimalista. La dirección de actores brilla por su ausencia, el único que sabe cómo moverse en escena es Plácido Domingo, pero es algo que está en su propia naturaleza y que ha ido perfeccionando a lo largo de los años. Si esta Traviata tiene alguna virtud es la de que, transitoriamente, abandonamos la estética Livermore, con la que ya comenzábamos a emborracharnos, es el precio que tenemos que pagar por tener un director de escena como director artístico. La traviata de Coppola agrada a los que gustan de las producciones tradicionales. No es mi caso, prefiero que se arriesgue más aunque el resultado final termine decepcionándome, yo apuesto antes por el riesgo que por el aburrimiento más convencional. Tampoco diré poco más, dos palabras lo dicen todo: estéticamente anodina, y dos palabras más vuelven a puntualizar: no molesta. No entiendo por qué en la web de Les Arts, en el apartado titulado "Dirección" se pone el siguiente encabezamiento: "Producción creada por VALENTINO GARAVANI y GIANCARLO GIAMMETTI y el Teatro dell’Opera di Roma". Cuando lo normal es que pusiera "Producción procedente del Teatro dell’Opera di Roma". Después, en el apartado “vestuario” vuelve a aparecer el nombre de Valentino Garavani, junto con el de Maria Grazia Chiuri y Pierpaolo Piccioli. No sé si es por mi propia ignorancia pero estoy hecho un lío ¿quién dirige, al final, escénicamente esta Traviata?. Si alguien destacó el pasado jueves fue Marina Rebeka como Violetta, tiene la soprano letona una voz muy hermosa, timbrada, sin aristas y es capaz de solventar, aunque sin grandes alardes, los problemas de coloratura que contiene el papel, sobre todo en el primer acto. En el segundo acto me dejó algo decepcionado por culpa de su inexpresividad, tanto vocal como escénica, pero me cautivó de nuevo en el último, más por la forma de cantar que por su fuerza dramática, y esto también fue una sorpresa después de lo estática que la había encontrado en el dúo con papá Germont, porque pensaba que Rebeka, que es una soprano lírica, carecía de los graves necesarios para afrontar el reto del tercer acto con solvencia, hizo un final de ópera más delicado que intenso y eso, aunque no es mi ideal, sí me gustó. Artuo Chacón Cruz pasó por el papel de Alfredo sin pena ni gloria, su timbre no tiene brillo alguno, es tosco, creo que es su principal problema; pero, al contrario que a otros muchos, no me molestó, eso sí, decía el texto como si fuera un robot, expresividad nula. Escuchar a Plácido Domingo supo a gloria en la primera parte del dúo con Violetta, por la intensidad de su canto y fraseo, para mí fue una sorpresa más porque escuchar al tenor cantar Macbeth la temporada pasada se convirtió en un auténtico suplicio; sin embargo, cuando llegó el momento de su aria y cabaletta el tenor madrileño estaba totalmente agotado e hizo lo que pudo para salvar los platos, menos mal que el papel del papá de Alfredo no es muy largo. El resto de papeles tienen poca relevancia y todos fueron correctamente servidos por miembros del Centro de Perfeccionamiento o del Coro de la Generalitat, que estuvo al extraordinario nivel a que nos tiene acostumbrados y, afortunadamente, esta vez me he reconciliado con la Orquesta de la Comunitat Valenciana que, en I vespri siciliani, me decepcionó mucho, hasta el punto de haber pensado que el declive, que hasta entonces venía siendo muy lento y progresivo, se había acelerado. Gran parte del mérito de que esto haya sido así debemos atribuírselo a Ramón Tebar quien llevó muy bien a la orquesta y estuvo en todo momento pendiente de los cantantes; con la colaboración de Rebeka, única cantante que estuvo a la altura, supo llevar a esta Traviata a buen puerto. 

El Blog de Atticus

10 de febrero

"LA TRAVIATA" (Giuseppe Verdi) - Palau de les Arts - 09/02/17

Y entonces Monica Bellucci se detuvo junto a Él y ya nada importó… (Proverbios 32:21) Noche de gala la vivida ayer en el Palau de les Arts con ocasión del estreno de La Traviata, ópera que, si nos atenemos a la parafernalia que se montó en el teatro valenciano y a su repercusión en prensa, debió ser compuesta por el modisto Valentino Garavani. Cuenta la leyenda que estando un día en la peluquería con la cabeza sumergida en un barreño de tinte, le vino la inspiración. Iba a escribir una ópera en la que un vestido negro con cola turquesa de plumas brindaba con unos pavos y le daba la tos, luego vendría un viejo a incordiar a un vestido blanco que acababa escribiendo una carta, para después, un vestido rojo en tafetán de seda, llegar a un garito y acabar por los suelos, finalizando todo con un camisón en piel de ángel rosa palo y encaje de Chantilly, con bata con flores aplicadas bajo mangas de farol en tul plumetti y mules forradas, que se mueren de tisis. Amoavé sinojentendeeemoooo (como decía Faemino)… Que todo este rollo está muy bien. Que me parece genial que el Palau de les Arts sea la estrella de las noticias y no quede un asiento libre, aunque la mitad estuviesen ocupados por glúteos que visitaban por primera vez un recinto operístico. Que queda muy bien que el foyer de Les Arts parezca un flashmobde la revista Hola. Que me encanta que hayamos tenido la mayor presencia de representantes y ex representantes políticos valencianos de los últimos años. Que se agradece que la reina Sofía siga acudiendo al teatro que lleva su nombre. Que es fenomenal escuchar a las señoras con cara de teleñeco o rape con carmín decir qué bonito es todo. Y, principalmente, que es maravilloso y nunca podré olvidar el instante en que Mónica Bellucci pasó junto a mí y, como en la escena del gimnasio de West Side Story, parecía que se hubiese hecho el silencio, las luces se hubieran apagado y sólo estuviéramos ella y su Atticus… Ay… Pero no, eso no es lo importante (bueno, lo último, un poquito sí). Lo principal, aunque no lo pareciese, es que allí se representaba una función de ópera. Que allí había unos músicos y unos cantantes ofreciéndonos una de las obras más maravillosas surgidas del genio, este sí de verdad, de Giuseppe Verdi. Desde que se anunció que esta temporada podría verse en Valencia esta producción estrenada en la Ópera de Roma, la expectación mediática se disparó. Los nombres de Sofía Coppola, como directora de escena; Nathan Crowley, como escenógrafo; y Valentino Garavani como encargado del vestuario y creador de la producción; concitaron el interés del papel cuché y de muchas personas a las que la ópera les chupa un pie. Eso está bien, no es malo en sí mismo. Lo malo es no saber ponderar que como efecto llamada es positivo, pero lo fundamental es el espectáculo musical. Por eso, a mí me hubiese gustado que este tirón mediático se hubiera producido con otra ópera menos popular. La Traviata, aunque se hubiera traído con una producción salchichera de José Luis Moreno, hubiera llenado. Y, sobre todo, yo no dejo de preguntarme si, teniendo el lleno traviateril garantizado, valía la pena gastarse el dinero en esta producción que, ignoro cuánto le habrá costado a Les Arts, pero intuyo que barata no será. Los responsables del teatro, mucho más listos que yo, sabrán si compensa. Ojalá así sea. Pero a mí ese gasto me gustaría más invertirlo en música y voces que en escenografías y vestiditos. Preferiría que se nutriese la orquesta como merece y que liberasen la temporada de Les Arts de tanto protagonismo a cantantes del Centre y se trajeran no sólo estrellas puntuales (Rebeka, Devia, Antonacci…) sino repartos más homogéneos  en conjunto y calidad. Y esto desde ayer aún lo pienso más, ya que, reconociendo el impacto visual de la puesta en escena, muy atractiva, muy bonita, me pareció que el trabajo de dirección de escena era paupérrimo y la propuesta se quedaba en un clasicismo exacerbado, sin aportación personal alguna más allá de lo puramente estético. Era como un Zeffirellial que le hubieran embargado la mitad del mobiliario y sin el más mínimo indicio de labor de dirección de actores. Yo adoro a Sofia Coppola como directora de cine, casi tanto como detesto su cara de colitis como actriz en El Padrino III, pero de verdad me pregunto qué ha hecho, más allá de cobrar la pasta. Parece que todo se haya centrado en el efecto estético, dejando que los cantantes pululasen por allí dejados a su buen o mal saber actuar. Declaró la Coppola con ocasión del estreno en Roma, que había pretendido encontrar una clave contemporánea… Supongo que todavía estará buscándola. Los amantes de las puestas en escena tradicionales la disfrutarán sin duda. Y yo también agradezco de vez en cuando menos marcianadas y más ajustes al libreto, pero siempre que haya un concepto claro de lo que se quiere y una labor de dramaturgia que colabore a transmitir la personalidad y emociones de los personajes. Ayer no me dio esa impresión. Parecía más bien un desfile de modelos de Violetta en un entorno muy bonito. La escenografía y la iluminación desde luego son sobresalientes. Del vestuario, como soy un absoluto berzas, prefiero no opinar, porque a mí el famoso vestido rojo me parecía un gigantesco Dodotis de Valentino. Otro de los grandes elementos negativos de la producción, sea causa directa suya o de las estrecheces técnicas del Palau tras los ERE, fue el disparate de tener que hacer ¡¡¡tres descansos!!! Supongo que para los cambios de la aparatosa escenografía entre cuadro y cuadro. Eso motivó que, entre los parones, el remoloneo del público para cotillear a las celebrities, los protocolos reales y la gente aplaudiendo hasta el carraspeo del acomodador, la función se alargase a las 4 horas, que uno ya no sabía si salía de Traviata o de Tristán e Isolda. Pero bueno, dicho todo lo anterior, que sabéis que soy muxagerao pá tó, reconozco que no puedo decir que no me gustara, incluso hubo momentos estéticamente muy conseguidos, pero me enfadó mucho que una producción con tanto valor externo no aportase algo más de chicha que hiciese más redondo el conjunto. De cualquier modo, como decía antes, lo principal, aunque no lo pareciese era lo musical y ahí, en líneas generales, creo que el resultado ha de calificarse de bastante positivo. Ramón Tebar volvía a situarse al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana para afrontar esta página verdiana de la que, por conocida, a veces se menosprecia la riqueza que atesora y lo importante que es destacar sus infinitos matices. Anoche la orquesta sonó maravillosamente bien y creo que la labor de Tebar es digna de elogio y reconocimiento, bastante alejada del chimpunismo de Abbado en I Vespri, el Verdi anterior en este teatro, y, por supuesto, claramente por encima de aquella horripilante Traviata que perpetró Lorin Maazelen 2010. Ya desde el bellísimo inicio la sensibilidad del director se puso de manifiesto, brillando con toda su intensidad en el preludio al tercer acto y en el acompañamiento a la muerte de Violetta, donde pudimos disfrutar de unos violines excelsos que elevaron muchos grados la emoción en la sala. El primer acto fue conducido con brío y buen pulso, y el tercero estuvo llevado con gran sentido dramático, viéndose lastrado el segundo por un Plácido Domingo que llevaba su propio piloto automático, haciendo que Tebar se centrase en el foso para procurar seguir al cantante ante la imposibilidad de que éste se ajustase a la batuta. Toda la noche ofreció el director un meritorio trabajo de concertación, un hábil e inteligente manejo de las dinámicas, y una atentísima labor de control y matización de las voces, con la excepción ya mencionada. Entre los atriles destacaron, además de los violines, las intervenciones de Tamás Massànyi al clarinete o Pierre Antoine Escoffier al oboe, quien ofreció un precioso acompañamiento al Addio del passato de la protagonista. El Cor de la Generalitat tiene aquí una menor intervención que en otras obras, pero, no obstante, volvió a conquistar al público con un trabajo escénico y vocal de primera fila. Mostró riqueza dinámica en el celebérrimo brindis y gran empaste y poderío en la última escena del segundo acto, con un Oh infamia orribile espectacular. Había también gran expectación por escuchar la Violettaque nos ofrecía Marina Rebeka. En 2010, en aquella Traviata de infausto recuerdo dirigida, o lo que fuese, por el llorado Lorin Maazel, ya estuvo anunciada la soprano letona, aunque cayó finalmente del cartel sin justificación alguna, siendo sustituida por la rusa Hibla Gerzmava. Rebeka fue la gran triunfadora de la noche con un poderío vocal incuestionable, especialmente en una franja aguda resplandeciente y potentísima, con una voz rica, timbrada y que supo controlar con suficiencia y manejar con gusto, adornándose con algunas bellas regulaciones. Solventó con tablas la coloratura, agilidades y exigencias del acto primero, finalizando la cabaletta Sempre libera dando el Mi bemol sobreagudo.Pese a lo irreprochable de su actuación hubo algo que, en mi opinión, no acabó de convencerme del todo y es que me transmitió demasiada frialdad. Todo fue correctísimo, pero de un automatismo gélido, o al menos esa fue mi impresión, lo cual se unió a una expresividad actoral limitada, posiblemente achacable a la dirección de escena. Su Amami Alfredofue bellísimo, pero poco explosivo y demasiado contenido para mi gusto, no sé si por indicación de la dirección musical o por su propia iniciativa. Sí que hubo dos instantes donde su expresividad salió a flote y fueron para mí sus mejores momentos de la noche, el fantástico Dite alla giovine del segundo acto y todo el tercer acto, donde las limitaciones en su zona grave las cubrió con una mayor implicación dramática. En cualquier caso, Rebeka fue una estupenda Violetta. Pero a colación de la expresividad de la protagonista no quiero dejar de mencionar aquí la Violetta que pude escucharle hace apenas doce días, en el Palau de la Música, a una soprano perteneciente al Cor de la Generalitat, Carmen Avivar, y que me dejó absolutamente impresionado con una calidad mayúscula, digna de pisar con papeles principales la sala de Les Arts. No viene a cuento entrar en comparaciones con nadie, pero si diré que los recursos estilísticos y la expresividad de Avivar fueron de primera línea. Arturo Chacón Cruz fue el tenor encargado de dar vida a Alfredo Germont. Valentía y decisión no le faltaron al cantante mejicano, lo cantó todo con corrección, pero hay algo en su voz que no me gusta. Sé que el problema será mío y de mi gusto atrofiado, pero no me agradó. La voz suena demasiado mate, agarrada a la garganta, con tendencia a estrangularse sin estarlo, aunque cuando subía a la zona más aguda brillaba más. Su fraseo tampoco se caracterizó por la elegancia, echándose de menos una más cuidada línea de canto, mayor legato, más finura y menos berreos y sonidos abiertos. Perdió el tempo en más de un pasaje y su expresividad tampoco fue su fuerte, estando la mayor parte de las ocasiones ejerciendo de palitroque o perdido en escena. Esperaba bastante más. De Plácido Domingo poco nuevo se puede decir. Para bien y para mal. Cuando le ves anunciado en un papel baritonal ya sabes que no vas a escuchar a un barítono, sino a un Domingo mayor cantando un papel de barítono. Tras las últimas experiencias yo estaba casi convencido de que hoy iba aquí a escribir que si sigue así, cantando todo lo que no debe sin recato, acabará por convertirse en nuestro Foster Jenkins particular. Espero que no sea así desde luego, porque no merece su inigualable carrera cerrarse de mala forma. Pero es que además, después de lo visto y oído anoche, he de reconocer que la cosa no salió ni mucho menos tan mal como me imaginaba. Es verdad que su voz está cada vez más gastada, pero al mismo tiempo sigue teniendo momentos en los que se muestra imponente. Sus carencias de fiatoentorpecen gravemente el fraseo, pero a la vez es capaz de mostrar en una sola de sus frases más emoción y expresividad que todo el resto del elenco. Como actor, un movimiento de su rostro o sus manos, un simple gesto, dice más que cualquier arrebato de cantante novel. Fue el único que transmitió personalidad en escena y verdad y alma en su canto. Eso no quita que llevase loca a la orquesta y a la soprano y que se desbaratase completamente ya al final del dúo, en Premiato il sacrificio, donde puso la directa sin esperar a nadie, y hasta se inventó algunas notas.   En los papeles menores, cubiertos con cantantes del Centre de Perfeccionament, destacaron más ellas, Olga Zharikova y Anna Bychkova, que ellos, Moisés Marín, Jorge Álvarez, Andrea Pellegrini y el omnipresente Alejandro López, quien no parece que su larga estancia en el Centre le sirva para pulir su faceta de actor, actualmente no mucho mejor que la de un sobao pasiego. Cumplieron los miembros del Cor, Antonio Gómez, Bonifaci Carrillo y Boro Giner, quien, aunque parezca una bobada, me proporcionó una de las agradables sorpresas de la noche, cantando y fraseando excelentemente un papel tan breve e irrelevante como el de Mensajero. También es verdad que en la platea había ganas de escuchar una voz baritonal de verdad. El teatro se encontraba anoche completamente lleno. Esta es la parte buena. Cosa distinta es saber cuántos de los que estábamos habíamos pagado de nuestro bolsillo la localidad. Los palcos centrales del segundo piso, que suelen reservarse para entradas de grupo, estaban ocupados por una ingente representación del famoseo allí presente. Supongo que se pondrían de acuerdo entre Nati Abascal, Cari Lapique, la hija de Bertín y el duque de Alba, para formar grupo y que les hicieran descuento del 40%. Por cierto, se rumoreaba ayer que el signore Valentinollevó abundante vestuario preparado con el que sustituyó los trapillos de menos de 6.000 euros que llevaban algunas de las famosas y acompañantes, a fin de que no deslucieran los palcos con ordinarieces. Como era de esperar, la función obtuvo un apoteósico éxito, con un público entregado que lo aplaudía todo y que al final braveó con locura al trío protagonista. Lamentablemente, ha de reseñarse que la salida a escena de Valentino Garavani obtuvo más aplausos y grititos que los saludos de Ramón Tebar y la orquesta. Ejloquehay… Por cierto, sin que se entienda una falta de respeto a tan venerable figura, color caoba, de la moda internacional, el pobrecico mío parece una Virgen vestidera, de esas que son sólo cabeza, peluca y vestido que oculta un armazón de palos. Si ya de normal la crónica suele venir adornada con el comportamiento inadecuado de público irrespetuoso, en este tipo de funciones, con gran presencia de espectadores no habituales, el problema se multiplica. Ayer fueron masivos los sonidos de móviles, las toses gargajosas, el güasapeopermanente, los comentarios en voz alta o los aplausos a destiempo. Lo peor, no obstante, es que también hubo una actuación incorrecta, por acción y omisión, por parte del teatro. Por acción, al permitir que entrase gente en la sala con la música sonando. Por omisión, al no conseguir evitar, pese a las protestas de algunos espectadores, el ruido generado por los camareros que guardaban bebidas en los pasillos de los lavabos contiguos al lateral del primer piso, que no paraban de entrar y salir de ese pasillo, provocando la apertura y cierre, y consiguiente ruido, de las pesadas puertas durante la representación. No me ha parecido bien tampoco la decisión de sustituir en esta ocasión los diseños de Pepe Moreno sobre la figura de Lucrezia Bori que vienen ilustrando los programas de mano esta temporada, por la reproducción del cartel con firma de Valentino que se utilizó en el estreno romano. Bueno, pues hasta aquí mis impresiones subjetivas. No os puedo animar a ir porque no queda ni una entrada en venta anticipada, aunque ya sabéis que todos los días desde que se abran las taquillas se pone a la venta el 5% reservado para cada función. El espectáculo vale la pena. Y si para las siguientes funciones ya eliminan el photocall, los controles de seguridad de la Casa Real y toda la tontería del agropijismo valenciano, aún mejor. 




Pablo, la música en Siana

30 de enero

El Rigoletto de hoy

Domingo 29 de enero, 19:00 horas. Teatro Campoamor, LXIX Temporada de Ópera de Oviedo: Rigoletto (Verdi), segunda función. Producción de la Ópera de Oviedo procedente de la Ópera de Saint-Étienne. Entrada delantera de general: 55 €. FICHA ARTÍSTICA 
El Duque de Mantua: Celso Albelo
; Rigoletto: Juan Jesús Rodríguez
; Gilda: Jessica Pratt; 
Sparafucile: Felipe Bou
; Maddalena: Alessandra Volpe
; Giovanna/La condesa: Pauline de Lannoy
; El Conde de Monterone: Ricardo Seguel; 
Marullo: José Manuel Díaz; 
Borsa: Pablo García-López; 
El Conde de Ceprano/Ujier: Javier Galán; 
Paje de la Duquesa: Lara Rainho. Dirección musical: Marzio Conti; dirección de escena: Guy Joosten; 

Orquesta Oviedo Filarmonía (OFil); Coro de la Ópera de Oviedo (directora: Elena Mitrevska). Tarde de domingo para una ópera esperada, con lleno hasta "gallinero" donde no faltó la clá procedente de Bilbao y Donosti, seguidores no ya de Celso Albelo, que debutaba en la temporada carbayona, sino verdaderos aficionados que suelen acudir a otras representaciones hasta "nuestra Vetusta", porque la ópera de Oviedo mueve masas con todo lo que supone para la capital de imagen cultural e ingresos. Lástima que los políticos no lo vean así, aunque espero que vayan abriendo los ojos aunque la lírica no parezca estar entre sus aficiones. Al menos el concejal local del ramo y otros políticos sí acudieron este último y primaveral domingo de enero. Pero si el tenor canario parecía ser la figura con más "gancho", tanto el trío principal como el famoso "cuarteto" eran un reclamo para el aficionado fiel, sumando todo un elenco de papeles secundarios con muchos cantantes españoles, figurantes y demás participantes en esta veterana producción para uno de los títulos más esperados, incluso para Pachi Poncela, que tiene "su obertura" treinta minutos antes, es "la ópera". Si me permite parafrasearle, este último título era "El Rigoletto", siempre con esa manía de poner artículos a los divos. Y es que Juan Jesús Rodríguez encarna en estos momentos no ya el barítono verdiano sino al Rigoletto actual, los dos mundos de los que nos hablaba el comunicador gijonés construidos desde una vocalidad clara, rotunda, preciosista, de amplia expresividad en todos los registros unido a una escena poderosa que llena con su sola presencia, ese jorobado capaz de transmitir exterior e interior, el trabajo y los sentimientos personales, el personaje dual al que la "maledizione" parece perseguirle en este drama de Victor Hugo con el que Piave construye un libreto que Verdi eleva a la ópera de su vida en plena cuarentena. Aunque las intervenciones en general resultaron algo lentas, tónica general de casi toda la ópera, y los fraseos del andaluz no sean los de Leo Nucci que sigue siendo referente, está claro que el Rigoletto de Juan Jesús Rodríguez es personal e intransferible. Cada aria (de nota el Cortiggiani), cada dúo, incluso en el cuarteto, resultó prodigiosa su versatilidad anímica desde el canto. El tenor canario es muy querido en Asturias y ha venido varias veces invitado por la ALAAK para distintos recitales (incluso con el citado Nucci), pero nos faltaba el esperado debut dentro de la temporada del coliseo capitalino, y nada mejor que con su Ducca, un rol que Celso Albelo ha ido moldeando a la par que su voz, ahora "más hecha", unido a su exquisita dicción y emisión que perfila este personaje con las arias más conocidas de Verdi, cantadas con la musicalidad acostumbrada, pianísimos de cortarnos la respiración y agudos en toda la gama, sumándole los ornamentos propios para construir este personaje tan distinto a su propia personalidad, de nuevo los dos mundos desde la ópera. Cantar tumbado boca arriba en el último acto con Maddalena permitió disfrutar de su técnica, mejor que ese baile "a lo travolta" que realmente no le va, pero fue otro de los triunfadores de la noche aunque no me respigase (si es que sirve de referencia personal), dejándonos un buen dúo con Gilda, mejor que el Questa o quella, y una interesante Donna è mobile por la línea de canto elegida para la más universal de las arias de tenor, jugando con fraseos y matices variados para una tesitura sobrada. Jessica Pratt, también "descubierta" en una gala lírica celebrada en el Auditorio (también con el barítono onubense más los asturianos Beatriz Díaz y Alejandro Roy), fue una Gilda que crece como su personaje, de lo infantil a lo carnal con amor y resignación. Las agilidades de su papel no tuvieron secretos como tampoco su color brillante y una amplia gama de matices con un Caro nome de muchos quilates, pero sobre todo un cuarteto equilibrado entre dos mundos, ella con su padre en la reja mientras el Duque flirtea con la voluptuosa Maddalena en la taberna, la ya conocida Alessandra Volpe de breve protagonismo pero exigente porque la mezzo es pieza clave no ya en la trama sino en el colorido del más bello concertante verdiano, capaz de inspirar hasta una película. Con este equilibrado elenco, no se quedaron a la zaga el resto, comenzando por varios "habituales" en el Campoamor como el Sparafucile de Felipe Bou, mejor que en sus anteriores visitas, bien secundado en su primera aria por un perfecto acompañamiento de cello y contrabajo en octavas que "cerró el trato" con Rigoletto en lo más bajo del registro; otro que cumplió con creces fue José Manuel Díaz con un Marullo bien cantado y sentido, o el cordobés Pablo García-López como Borsa, buen color vocal capaz de dialogar y contrastar con Il Ducca, unido a una emisión clara que llegó sin problemas hasta el último piso, completando el buen nivel el chileno Ricardo Seguel como Monterone, uno de los "secundarios" que más me gustaron. Incluso las breves intervenciones de la mezzo belga Pauline de Lannoy, el barítono valenciano Javier Galán o la soprano portuguesa Lara Rainho ayudaron a redondear este esperado Rigoletto. Nuevamente el coro de la ópera, esta vez solo las voces masculinas, resultó un seguro en escena y vocalmente, solo un poco lastrado en el tempo global salvo el más ligero Zitti, zitti del rapto de Gilda en el final del primer acto, asomados al muro. Precisamente el maestro Conti, tratando bien a los cantantes en cuanto a las dinámicas, pienso que se le cayó el aire por momentos, como ya apunté anteriormente. Cierto que ralentizar puede ayudar por momentos a las voces pero es como tener errores de principiante: piano lento y forte rápido. La OFil sigue siendo versátil y una orquesta de foso segura, como lo demostró en la obertura y subrayando los distintos solistas las arias y dúos más conocidos, aunque también decir que Verdi escribe para ella con un auténtico primor de Maestro. De la escenografía comentar que me gustó la disposición en diagonal y parte del vestuario del primer acto tomándolo como una fiesta de disfraces para "explicar" el cambio temporal, aunque las espadas no pueden ser sustituidas por pistolas. Otros detalles ya ni siquiera escandalizan, por superfluos, aunque puedan incomodar a algún "puriatno" pero especialmente a los cantantes (la citada intervención del duque cantando boca arriba tumbado sobre la mesa, por poner un ejemplo), pero sin molestar, al menos para el que suscribe. Resultaron algo lentos los cambios de decorado e hicieron perder concentración al público, que llenó esta segunda función, comenzando la música con muchos móviles encendidos que parecían formar parte de la escenografía en el patio de butacas (desde mi posición "cenital"). Acertado el cañón sobre Rigoletto sobre todo en el final, los claroscuros que toda la ópera y también esta representación tuvieron. Aplaudir como siempre luminotecnia y sobretítulos, además de todo el personal del teatro. No olvidemos que la ópera también crea puestos de trabajo. La primera función dejó buen sabor de boca a los críticos y la segunda parece siempre "cojear un poco" salvada la tensión del estreno. Me encantaría escuchar el "reparto joven" del viernes, donde la cordobesa Auxiliadora Toledano será sustituida como Gilda por Cristina Toledo, con un elenco que pronto veremos en carteles "de primera", y todavía el sábado 4 de febrero se emitirá en directo por pantalla gigante en varios puntos de Asturias, Mieres incluido, aunque este último domingo de enero triunfase Rigoletto sobre todo(s).



Ópera Perú

26 de enero

Tenor Iván Ayón debutará "La traviata" en Lima

Joven tenor peruano hará un esperado debut protagónico en su país (Comune di Modena)(Ópera Perú) El Festival Granda, a pesar de las dificultades de los últimos años y factores adversos, vuelve recargado esta temporada, la cual es especial, pues cumple 10 ediciones ininterrumpidas.Este Festival, fundado por el tenor y agente musical Ernesto Palacio, durante 10 años ha traído a Lima a grandes estrellas y promesas de la lírica que hoy vemos muy solicitados en los principales teatros del mundo. Esa visión y gestión le ha permitido a Palacio ser elegido director artístico del Festival de Pésaro en Italia y por ende es uno de los empresarios de mayor peso a nivel mundial. Palacio nunca se desligó de Lima y mantiene esta iniciativa cultural incluso con dinero de su bolsillo, por un sincero afán de apoyar a nuestros talentos y traer cultura a nuestro país.En esta décima edición el Festival presentará "La traviata", ópera en 3 actos de Giuseppe Verdi y presentará como novedad al joven tenor peruano Iván Ayón, el cual posee un poderoso instrumento y gracias a su talento se ha abierto paso en Europa cosechando éxitos en poco tiempo. Merecidamente hará su debut en su país, en un rol protagónico, en una producción de nivel internacional, en que estará acompañado por la joven soprano italiana Francesca Dotto como Violetta, y el barítono coreano Julian Kim, a quien vimos en ediciones pasadas en "Lucia di Lammermoor".Serán 3 funciones en el Gran Teatro Nacional, los días 19, 21 y 23 de abril, en que veremos esta producción que será dirigida por Massimo Gasparón, y con la dirección musical de Sebastiano Rolli. Las entradas estarán a la venta próximamente.Nacida en Treviso, Italia, la soprano Francesca Dotto recibió una educación clásica y se graduó en flauta en el Conservatorio "G. B. Martini "en Bolonia, bajo la dirección de Enzo Caroli.En 2007 comenzó sus estudios de canto con la soprano Elizabeth Tandura con la que continúa mejorando, dedicando una actividad paralela al concierto que va de repertorio operístico a sacro y sinfónico. En 2011 ganó el primer premio en el Premio Nacional de Artes organizado por el Ministerio de Educación, el primer premio en el Concurso Internacional Vincenzo Bellini y se graduó con honores y mención de honor en el "A. Steffani" de Castelfranco Veneto. En 2012 fue finalista en el concurso de Verdi Voces en Busseto, la competencia Iris Adami Corradetti en Padua, ganó el segundo premio en el Maria Callas en Verona y debutó en el Teatro La Fenice de Venecia en el papel de Musetta en "La Bohème" de Puccini bajo la dirección de Daniele Callegari. La temporada 2013 continuó con dos estrenos importantes: "Lucrezia Borgia" de Donizetti en el Teatro Verdi de Padua y "La Traviata" de Verdi en el Teatro Comunale di Sassari. En el 2016 protagonizó "La traviata" en una sonada y muy comentada producción de la Ópera de Roma, dirigida por la famosa cineasta Sofia Coppola, y con vestuarios de Valentino.El tenor Ivan Ayón, nacido en 1993, estudió ópera bajo la tutela de María Eloisa Aguirre en el Conservatorio Nacional de Música, llevando clases maestras con Juan Diego Flórez, Ernesto Palacio, Vincenzo Scalera, Maurizio Colaccichi y Luigi Alva. Actualmente estudia en Italia con el barítono Roberto Servile.En 2013 ganó el segundo premio del Concurso Nacional de Canto Lírico de Radio Filarmonía en lima y durante sus estudios se presentó en recitales y producciones de ópera con una excelente recepción por parte del público y la crítica. Entre los finalistas del Concurso Internacional de Cantantes de Ópera Spiros Argiris en Sarzana (La Spezia), obtuvo el cuarto puesto. Debutó en la ópera en octubre del mismo año, en el Gran Teatro Nacional del Perú, en Lima, donde interpretó a Goro en "Madama Butterfly", dirigido por Lorenzo Tazzieri. También cantó en el coro de "Roméo et Juliette", con Juan Diego Flórez, en su debut en el Festival Granda. En noviembre de 2014 también estrena en la BASF de Ludwigshafen (Alemania), con la Orquesta Filarmónica del Teatro alla Scala de Milán, en un concierto benéfico de Juan Diego Flórez, bajo la batuta de Fabio Luisi.En agosto de 2015 cantó en un recital para el festival Emilia Romagna Festival en Tredozio. En noviembre ganó la tercera edición del Concorso Internazionale di Canto "Premio Etta Limiti". Cantó el papel de Gaspar en "La Favorite" en el Teatro La Fenice de Venecia. Como Alfredo en "La traviata" de Verdi, hará su debut limeño en un rol protagónico y seguro dará que hablar, ya que Ayón es el tenor llamado a ser el continuador de la tradición peruana de grandes cantantes.

Giuseppe Verdi
(1813 – 1901)

Giuseppe Francesco Verdi (10 de octubre de 1813 - 27 de enero de 1901) fue un compositor romántico italiano de ópera del siglo XIX, el más notable compositor de ópera italiana y puente entre el belcanto de Rossini, Donizetti y Bellini y la corriente del verismo y Puccini. Fue autor de algunos de los títulos más populares del repertorio lírico, como los que componen su trilogía popular o romántica: Rigoletto, La Traviata e Il Trovatore y las obras maestras de la madurez como Aida, Don Carlo, Otello y Falstaff.



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